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AGOSTO 2009
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Segunda parte del diálogo con Juan

Juan desde muy chico hasta los veinte años, trabajó en una carbonería. Expresa su agradecimiento a Dios por haber podido tener la oportunidad de salir de allí. En algunos momentos hilvana historias que le hacen entristecer, aun más, la mirada. Relata lo insalubre del trabajo que realizaba, sus entradas a los hornos de carbón, la inhalación de gases que sentía penetrar en los pulmones, las consecuencias que les traían. Ahora ya no se usan más las carbonerías, nos dice; ahora el trabajo de moda es el DESMONTE. Nos muestra fotos de la que fue su casa, señala la vegetación –compuesta de árboles jóvenes y escasos-, nos cuenta que el monte los rodeaba completamente y hoy a pocos metros de la vivienda, donde hubo árboles centenarios, hay campos. Ya no se ven árboles, ya no existen… y al escucharlo quedo perturbada, no imagino un monte sin árboles, por más que lo intente las imágenes no aparecen en mi imaginación, del mismo modo que no logro visualizar claramente la realidad desconocida del dolor y la miseria. Nos resulta increíble para los que nunca tuvimos contacto con ese mundo desolado imaginar por ejemplo, la vida sin agua. No hay agua, agrega Juan; allá no se conocen las verduras, no hacen quintas, no pueden cultivar nada porque no hay agua, no hay ríos cerca ni arroyos, no se puede criar animales, porque mueren sin agua también. Preguntamos, preguntamos. Indagamos más y más, no entendemos. Él con su hablar pausado nos guía por los caminos áridos del relato. Extraen el agua de un pozo comunitario, al que acuden a veces después de caminar varios kilómetros, los que viven más distantes del pozo caminan un equivalente a treinta cuadras de las nuestras. Y el agua que toman no esta potabilizada… beben el agua turbia que brota bajo un manto verde que describen como musgo –no se exactamente el nombre de esta vida vegetal que surge en la superficie, pero imagino los estanques donde se amontonan esos colchones de un verde virulento que se ondula y se agolpa como oleadas-. Así que el agua que ingerimos ya nos enferma, ya esta en mal estado, igual que la carne. De vez en cuando aparecen vendedores ambulantes ofreciendo carne que viajó durante varios días sin refrigeración por distintos pueblos y asentamientos; a veces se quedan a pasar la noche y en esas ocasiones cuelgan los recortes de carne bajo los techos de alguna choza hasta el día siguiente… sin palabras.

Pero no reciben ayuda del gobierno? Alguien los ayuda?... conocen en esos parajes dos tipos de ayuda. El gobierno provincial, que se hace presente en época de elecciones y les da algo a cambio de votos, a veces sólo les dan promesas que jamás cumplen. El otro medio de ayuda proviene de la iglesia Católica o Evangélica, que claro, aclara, cada una ayuda a sus fieles solamente, y a cambio de ser parte de estas religiones. La ayuda raramente es desinteresada, por eso cuando llegan forasteros desconfían. Juan nos prepara para que no nos desilusionemos cuando nos encontremos cara a cara con la gente de su tierra. “Nos sentimos olvidados. Allá vivimos al margen de la sociedad, como si no existiéramos. Pero la gente vive esperando, siempre esperan que alguien llegue”…

Patrice A. Blanco

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