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NOTAS Y PALABRAS de amigos e internautas
En esta sección publicamos notas que nos envían colaboradores y amigos de la web.

Buenos Aires, 11 de junio de 2009 (RENA). En el lote 38 de Colonia Aborigen (Chaco, norte argentino), un grupo de tobas y mocovíes intenta sobrevivir al desastre provocado por la tala desenfrenada, la contaminación y la sequía. En tierras de la tristemente célebre “Masacre de Napalpí”, Jacobo y los suyos, ayudados por ONGs, buscan recuperar el bosque perdido. Mientras tanto, cada día es una nueva lucha por alimentar a las ‘vaquitas’, su otra esperanza.
El Chaco históricamente ha vivido emergencias por sequías o inundaciones, una situación que altera profundamente su sistema productivo. Pero en la última década “los periodos de sequía han sido más largos y más intensos”. Y en algunos años ni siquiera se alternaron ambos fenómenos hídricos, describe un reciente documento del Instituto de Desarrollo Social y Promoción Humana (INDES), organización que busca reinstalar el uso tradicional integrado entre ganadería, bosque y agricultura en una zona afectada por altas tasas de desnutrición.
Ante se ese presente difícil, la Colonia no se resigna. Trabaja para recuperar sus viejos hábitos. Sueña con el monte. Busca una vida acorde con su forma de ver el mundo.
Tierra aborigen
Para acceder a la Colonia hay que tomar la ruta provincial que une Quitilipi con Villa Berthet. Luego, bajar de la ruta pavimentada y atravesar un puente que permite cruzar el “canal Tapenagá”, una costosa obra construida con financiamiento internacional que se extiende cientos de kilómetros hacia el sudeste del Chaco y se construyó un lustro atrás con la pretensión de evitar que las lluvias inunden la ciudad de Sáenz Peña y los campos aledaños, y, a su vez, almacenar agua para las épocas de sequía. Por lo que se puede apreciar a simple vista, la obra ha resultado inútil en su segundo objetivo: el canal está totalmente seco.

Una vez cruzado, aparece el llamado “territorio aborigen”. Las comunidades Qom (tobas) y Moqoit (mocovíes) que allí viven, lograron tras un larga lucha el título de propiedad comunitario sobre las 20 mil hectáreas que comprende lo que antiguamente fue la “reducción de indios Napalpi”, creada por decreto del gobierno nacional el 21 de julio de 1912 con el objeto de “incorporar a los indios a la civilización del país”. En sus considerandos, el decreto decía textualmente: “los indígenas reunidos en ella se prestan a los trabajos agrícolas”.

Doce años después de la creación de esta Colonia, el mismo lugar fue escenario de una masacre a mansalva de más de 200 aborígenes que se negaban a seguir presos de la explotación y reclamaban una paga justa para cosechar el algodón de los colonos.
Al ingresar se abren paso una decena de construcciones con paredes de ladrillos y techos de chapa, entre las que se destaca uno de los varios templos -lugar de culto y reuniones-, un salón de usos múltiples (sin techo por culpa de una tormenta), que es lugar de peregrinaje para recoger un poco del agua que aún queda en su aljibe, y algunas casitas construidas por los aborígenes con sus propias manos, mediante la ayuda de un programa nacional de viviendas. Allí viven y trabajan los integrantes del clan de “los Ramírez”.
En una hermosa mañana otoñal que se eleva inexorablemente hacia un mediodía de calor por efecto del insistente viento norte, Jacobo Ramírez espera con una silla preparada bajo un frondoso algarrobo, en un pulcro y recién barrido patio de tierra frente a su casa. El saludo -fruto de muchos años de conocimiento- es afectuoso.

Conocedor del protocolo aborigen, en un primer momento la conversación gira en torno a cuestiones generales (las últimas noticias de la familia, la falta de lluvia y minuciosos detalles sobre la organización de la fiesta del aniversario de su iglesia autoctona e independiente, que -como todos los años- se realizará el 25 de mayo). Poco a poco el tema es planteado y lentamente se acercan otros miembros del clan, acomodándose a una distancia prudencial, que les permitirá escuchar e intervenir tímidamente de vez en cuando.

A unos 20 metros está el corral con las vacas encerradas, pese a lo avanzado de la hora. No las han llevado a pastar, como cada mañana, porque quieren mostrarlas con orgullo a la visita. Luego de la entrevista, Jacobo y su hermano se prestarán gustosos a fotografiarse junto a su preciado rebaño.
Los ‘plantines’ con las especias autóctonas trasplantadas están también cerca de la casa y del pozo familiar, para facilitar el riego a mano. El predio de la forestación -de unas 2 hectáreas- cerrado por un boyero eléctrico, alimentado mediante una pantalla solar proporcionada por el INDES, que también presta asistencia técnica. Jacobo, apenado, muestra el efecto de la seca. Muchas plantas, transplantadas seis meses atrás, no sobrevivieron. El resto resiste los embates del viento norte y los insectos.
La poca agua del pozo familiar se reparte equitativamente entre las personas y las plantas. Se saca a mano, mediante un balde y una cuerda. La sequía ha inutilizado una pequeña bomba que funciona con gasoil y un tanque elevado de reserva.
Desastre
En la Colonia, según el INDES, no se hace ‘muy visible’ la crisis del agua sobre la producción agrícola y particularmente sobre la ganadería, “porque ambas actividades presentan un desarrollo muy incipiente, sobre todo en lo referente a la cría de ganado bovino”.

En los últimos 10 años hubo cinco intentos de distintas organizaciones para solucionar los problemas críticos de sequía, todos orientados a obtener agua de calidad para consumo humano y para uso animal como sustento del desarrollo ganadero. Pero “el problema del agua sigue siendo muy crítico y se agudiza cada día”.
De acuerdo con el INDES, cada una de las instituciones abordó la crisis aisladamente, sin que mediara coordinación entre ellas. Además, todas parecen haber actuado “llevadas sólo por el deseo de encontrarle alguna solución al problema, ante la angustiosa demanda de las familias que habitan el territorio comunal, sin la información técnica necesaria y sin la participación de especialistas en recursos hídricos”.

“Desde el Estado Provincial sólo se ha insistido en la promoción del cultivo del algodonero, repitiendo las mismas prácticas de entrega de semillas y del combustible para las aradas, subsidiando el saldo del costo del servicio de preparación del suelo con recursos financieros afectados a los presupuestos públicos”.

Esa promoción del cultivo “no ha sido acompañada convenientemente con la necesaria asistencia técnica indispensable para los cuidados del suelo y una adecuada administración de las labores culturales en la conducción del cultivo, de modo que se puedan obtener rendimientos satisfactorios en la cosecha sin provocar impactos negativos sobre el medio ambiente”.
Esperanza
Jacobo Ramírez habla pausado y grave, al ritmo de la mañana en la Colonia, donde hace más de ocho meses que no llueve. Así recuerda la masacre de 1924, la “reducción de indios”. O el envenenamiento de la tierra, hoy gastada y a la espera de nueva vida. El futuro está puesto en “las plantitas”, que buscan sobrevivir en el clima adverso. Y en las vacas, que caminan una vez al día el kilómetro de ida y el de vuelta hacia la represa de la ruta, al cuidado de los niños. Porque los pozos alcanzan para el consumo familiar y para regar los futuros árboles (algarrobo, lapacho y espina corona). Si Dios accede a sus rezos y la lluvia vuelve a caer.

A cargo de una obra ecclesiastica -es pastor de una iglesia autoctona indigena e independiente, Jacobo tiene mujer, dos hijas, cuatro nietos, un yerno y muchos parientes. “Soy de la clase 53, creo yo que tengo 55 años”, duda un poco. Dice “Dios” y “esperanza” muchas veces. Agradece la ayuda de las ONGs y espera que las autoridades se acuerden de ese pedazo de tierra. Espera, una vez más, capacitación para poder fabricar leche en polvo, dulce de leche, queso.
Dice que intercambiando ideas con ONGs, a través de una de ellas aceptaron la posibilidad de criar ganado). Hasta ese tiempo no conocían bien a las vacas. Hoy tienen la posibilidad de alimentar a los chicos, a la familia, de darles un vaso de leche. Pide técnicos para que los ayuden. También para que les enseñen a comercializar la carne y la leche.
El futuro productivo
Para el INDES, “todo parece indicar que el futuro productivo de la Colonia debe apoyarse fundamentalmente en el desarrollo de la ganadería bajo criterios agrosilvopastoriles, observando y poniendo en práctica de modo muy estricto los principios de la agro-ecología”.
La ganadería debería ser desarrollada en armonía con el aprovechamiento equilibrado de los recursos del bosque, como herramienta básica para el desarrollo económico y social de los grupos familiares tobas y mocovíes. Así se volvería a las épocas “cuando los bosques se mantenían en su composición original y podían efectivamente ofrecer a los pueblos originarios para su alimentación los animales silvestres que se desarrollaban en su interior, además de los frutos, hojas, flores y raíces”.

Se trata de lograr, en unos 10 a 15 años, “la restauración efectiva de la estructura del sistema forestal del bosque nativo del lugar y su funcionamiento, privilegiando el desarrollo del algarrobo y la espina corona como dadores principales de recursos alimentarios para personas y para el ganado mayor y menor, base absolutamente necesaria para promover el desarrollo de la producción ganadera, bajo prácticas agro silvo pastoriles, incluyendo como aportantes secundarios el mistol, el chañar, y las pasturas nativas del sotobosque”.

Eso sí, habrá que mantener bajo producción agrícola una “parcela modal biodiversa” (chacra) que garantice a la familia la construcción de un piso alimentario básico y permanente, con la inclusión del algodonero como generador de ingresos monetarios.
Ambición
En 1987, el Padre José, que trabajaba en la Colonia, planteó la posibilidad de comprar 12 vacas y un padrillo. Jacobo lo comunicó a la gente. Al principio se trató de 23 beneficiarios. “Pero no es tan así ahora por el clima. En total han quedado nueve representantes de familias”.

Hoy “habrá 80 o 90 animales” dice Jacobo. Pero “un grupo se ha descuidado, tomó una actitud con fuerza, porque no tuvieron paciencia, la ambición existió”. Entonces, él decidió que recién en 10 años iban a dividir los animales que le tocarían a cada uno.
En la actualidad, luego de una década, están por repartir las vacas que por acuerdo del grupo le corresponde a cada miembro de la comunidad.
Choque de sistemas
Tatiana Arzamendia, antropóloga del Plan Social Agropecuario que también trabaja en el lugar, califica a la ambición y el individualismo como “aspectos negativos que están muy internalizados en el sistema en el que vivimos”, o en los que el sistema se asienta para perpetuarse. “Aunque son categorías o formas de relacionarse que no tienen que ver directamente con los modos de vida que tenían los pueblos originarios”.

“No sé si es un pequeño cambio, pero revalorizando sus costumbres culturales de trabajo comunitario se podrían modificar los comportamientos ambiciosos e individualistas”. Si el trabajo se organiza a través de grupos donde todos estén involucrados y sean responsables de las actividades, comprometiéndose, con la vista puesta en el beneficio de todos, como colectivo y no de cada uno como sujeto individual.
Hoy, explica, si bien cada familia posee su chacra individual, en muchas zonas de la Colonia y en particular en el lote 38, se trabaja de forma asociativa, a partir del trabajo de un grupo de familias que poseen huertas comunitarias y manejan de manera conjunta su ganado. Esas experiencias fueron acompañadas tanto por el Programa Social Agropecuario como por INDES.
“En la actualidad la población toba y mocoví de la zona de Colonia Chaco desarrolla una producción doméstica para el autoconsumo; cada familia tiene una parcela en uso y derecho a utilizar los recursos naturales, por lo que el monte (aunque en la actualidad sin recursos para la subsistencia) es de propiedad comunitaria”.

Los pobladores tienen acceso directo a la tierra para actividades agrícolas y pecuarias, aunque en la mayoría de los casos debido a las condiciones climáticas de la región, con meses de sequía extrema y meses lluviosos, y la falta de infraestructura adecuada (agua, corrales) las prácticas agropecuarias son escasas.
Ni agua ni pasto
“En este momento el gran problema es la falta de agua y también de pasto”, dice Jacobo. “Hay una represa cerca en la ruta y estamos llevando el animal una sola vez por día a tomar agua. Nuestro pozo no alcanza para 40 animales. Existe siempre también ese momento que llega de que un ternerito se muere. Los llevamos mil metros desde el corral para que tomen agua una sola vez al día”, describe la rutina diaria. Consultado sobre el tiempo que la Colonia ha pasado sin lluvias, Jacobo hace silencio y piensa un rato. “Como diez meses. Ocho, nueve, diez meses más o menos”, intenta precisar.
Dice que la gente pone “todo el empeño y la voluntad”, porque es un trabajo difícil cuidar al ganado, llevarlo a la ruta, donde queda a cuidado de los chicos, “porque sabemos que es un riesgo que corren los animales por un accidente”.

Habla también con esperanza del bosque futuro. Como “no había otra posibilidad para la siembra de alguna sementera, algún algodoncito, un día la institución nos comentó si podíamos aceptar ese tipo de posibilidad, para poder cambiar un poco la vida de nuestra comunidad y nosotros hemos aceptado la siembra de esos ‘plantines’ que nos han traído. De algarrobo, lapacho y espina corona, autóctonos del Chaco. Hemos sembrado, pero con el calor y la seca algunas plantitas se han secado. Quedan las que estaban más fuertes, las de algarrobo”.

La sequía, “es un problema gravísimo para todo. Nos va a llegar el momento de preocuparnos porque no sé cómo vamos a hacer. No va a faltar una oración a Dios para que nos envíe lluvia”. De las 800 plantas que trajeron, dice, el 30 por ciento se secó. Hoy “la poco agua que tienen nuestros pocitos nos sirve para regarlas a la mañana y a la tarde”.

El agua que cayó hasta el momento sirvió solo para mojar la tierra. Pero nada acaba con el anhelo que tienen de volver a tener árboles. Y de “sembrar alguna sementera para alimentos para mi madre, para que también la tierra se cambie un poco. Estaba bastante gastada la tierra y con estas plantas también se comienza a mezclar la nueva tierra para que pueda ir mejorando”.
¿Y qué se debe su desgaste? “Desde muchísimo tiempo se ha laborado, si no mal recuerdo unos 80 años, desde nuestros abuelos, nuestros padres. Antes había monte, pero con el transcurso del tiempo se fue secando porque había una contaminación a través de las cloacas que sale de Quitilipi. Hay un canal viejo donde se largaba toda el agua. Este montecito es como decimos nosotros un ‘mogote’ nomás pero en tiempo pasado era monte fuerte, había madera, pero ahora no hay nada, son todas maderitas nuevas”.

En el ’86 y el ’87, recuerda, “se hacía actividad fuerte de desmonte para poder cultivar. Y la gente se entusiasmaba para poder seguir trabajando. Había desmonte para sembrar algodón, sementera. Un 30 o 40 por ciento se destroncaron para poder sembrar batata, mandioca, zapallo”.
Alto impacto
Según la antropóloga Arzamendia, la deforestación incidió “con consecuencias graves, como en toda la provincia”. Cada vez son más prolongados los períodos de sequías y “esto trae como consecuencia que los suelos sean menos fértiles y productivos, ya que los árboles nativos permiten que el suelo mantenga la humedad y disponibilidad de nutrientes en el suelo”.

Pero también influyó profundamente en aspectos culturales. “En Colonia Aborigen la tala de los bosques se hizo irracionalmente. La madera era entregada a la administración de la colonia y a cambio los aborígenes recibían bienes de consumo que les permitían subsistir. La tierra no tenía ningún valor comercial, sólo un medio que los proveía de madera. La deforestación pasó a ser la principal actividad de supervivencia para los aborígenes que vivían en la zona”.

“La relación con la naturaleza, de esta manera, comienza a transformarse y pasa a ser vista como un bien de consumo. Este es una los problemas más graves que atraviesa la comunidad, y mas difícil de revertir, ya que se pierde un modo de vida y una cosmovisión para asentarse sobre bases y valores distintos al de su cultura ancestral”.

La contaminación por las cloacas, es “igualmente grave o peor aún” porque “atenta directamente sobre la salud de los pobladores”. Sus consecuencias son a corto plazo, debido a los graves problemas de polución de las reservas acuíferas para consumo humano y animal. “La contaminación del agua es la principal fuente de enfermedades digestivas e intestinales”, devela.

Así se vive. Y así se lucha también para salir adelante. Cada día abre una nueva esperanza. Los árboles, si todo sale bien, algún día serán bosque. (Juan Ignacio Manchiola y Germán Bournissen)


“El proyecto que dio origen a este trabajo fue el ganador de las Becas AVINA de Investigación Periodística. Los conceptos, opiniones y otros aspectos del contenido de la investigación son responsabilidad exclusiva del autor y/o medio”.
Nota: comunicamos a nuestros abonados que si reproducen el trabajo, deberán incluir el logotipo de Becas AVINA
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FUENTE: Este documento ha sido enviado a Gotas de Luz por Natalia Biglieri

 


NOSOTROS LOS INDIOS

 

Escucha el silencio

Extractos del libro Ni lobo ni perro. Por senderos olvidados con un anciano indio, de Kent Nerburn.



Nosotros los indios sabemos del silencio. No le tenemos miedo. De hecho, para nosotros es más poderoso que las palabras. Nuestros ancianos fueron educados en las maneras del silencio, y ellos nos transmitieron ese conocimiento a nosotros. Observa, escucha, y luego actúa, nos decían. Ésa es la manera de vivir.
– Observa a los animales para ver cómo cuidan a sus crías. Observa a los ancianos para ver cómo se comportan. Observa al hombre blanco para ver qué quiere. Siempre observa primero, con corazón y mente quietos, y entonces aprenderás. Cuando hayas observado lo suficiente, entonces podrás actuar.
Con ustedes es lo contrario. Ustedes aprenden hablando. Premian a los niños que hablan más en la escuela. En sus fiestas todos tratan de hablar. En el trabajo siempre están teniendo reuniones en las que todos interrumpen a todos, y todos hablan cinco, diez o cien veces. Y le llaman "resolver un problema". Cuando están en una habitación y hay silencio, se ponen nerviosos. Tienen que llenar el espacio con sonidos. Así que hablan impulsivamente, incluso antes de saber lo que van a decir.
A la gente blanca le gusta discutir. Ni siquiera permiten que el otro termine una frase. Siempre interrumpen. Para los indios esto es muy irrespetuoso e incluso muy estúpido. Si tú comienzas a hablar, yo no voy a interrumpirte. Te escucharé. Quizás deje de escucharte si no me gusta lo que estás diciendo. Pero no voy a interrumpirte. Cuando termines, tomaré mi decisión sobre lo que dijiste, pero no te diré si no estoy de acuerdo, a menos que sea importante. De lo contrario, simplemente me quedaré callado y me alejaré. Me has dicho lo que necesito saber. No hay nada más que decir. Pero eso no es suficiente para la mayoría de la gente blanca.
La gente debería pensar en sus palabras como si fuesen semillas. Deberían plantarlas, y luego permitirles crecer en silencio. Nuestros ancianos nos enseñaron que la tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla. Existen muchas voces además de las nuestras. Muchas voces.

 

Asociacion de Artista Indigenas Wichi Lecho

FUENTE: Este documento ha sido enviado a Gotas de Luz por David Villalba










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